Blog dedicado a la publicación de crónicas referidas a las vivencias de cualquier ciudadano.
domingo, 27 de octubre de 2013
RAYADO PEATONAL
Doña Lucía ya lo había pensado hace algunas semanas. Y la ocasión se le presenta propicia al ausentarse su nieta, por lo que decide incursionar, ella sola, en las céntricas calles de Maturín, las cuales no pisaba hace meses al estar aferrada a su pequeña bodega del barrio.
A sus 79 años mantenía ese espíritu de lucha que le había servido para superar muchas crisis familiares. Es cierto que sus piernas no respondían adecuadamente, tras el intento de derrame cerebral padecido el pasado año, por lo que solía caminar lento y con mucha prudencia ante el temor de caerse. Pero también era verdadero su empeño por cruzar alguna de las avenidas del centro de la ciudad, sin que su nieta Rocío estuviera allí para ayudarla. Hoy lunes quiso que fuera así.
Como pudo llegó hasta el semáforo del cruce de las avenidas Juncal y Bolívar, y se sintió inmersa en el bullicio de la muchedumbre que suele transitar a esa hora.
“¡Cónchale…, hay mucha gente en la calle!”, pensó y una ola de temores la invadió.
“Esta avenida es muy ancha. Tendré que apurarme. Ummm..., si lo hago seguro caeré al suelo y sería un fracaso si vuelvo a casa sin cruzar apenas esta avenida del centro. ¿Pero qué hago?”.
Delante de ella, el rayado reservado a los peatones semejaba un gigantesco teclado de un piano en el cual, cada sector de la ciudad, pisa la tecla que más le conviene. El semáforo del verde al rojo: oleadas de piernas que se vuelcan a la conquista de la acera opuesta. El semáforo del rojo al verde: vehículos que se precipitan como bólidos sin prestar atención a los peatones rezagados. Semáforo todavía en amarillo: lucha de poderes por el control del paso entre personas y autos.
Doña Lucía consideraba muy rápido ese movimiento citadino, por lo que se moría de preocupación.
-¡Dios....qué estas piernas no me fallen ahora!-, pide al Santísimo todavía parada en el mismo lugar. Su aventura por conquistar las calles del centro de Maturín, había encontrado un obstáculo en su pánico por caerse. Y el tiempo, por segundos, pareció detenerse en seco, como si a ninguno le importara su suplicio al borde de la acera.
-¡Doñita..!, ¿le ayudo a cruzar la calle?-, se ofreció un señor de avanzada edad.
-¿Está loco?..., usted viejo, yo también, ¿cómo cree que logremos atravesar la avenida? ¡Ah no, señor, déjeme aquí parada que pronto mi nieta Rocío notará mi ausencia y vendrá a buscarme! Así que váyase... ¡váyase...!
Crónicas Urbanas. Andrés Eloy Ravelo Nota del autor: Los lugares, personajes y situaciones relatadas aquí, tienen un carácter hipotético. En ningún caso deben ser interpretadas, literalmente, como hechos de una realidad específica.
domingo, 15 de septiembre de 2013
¡SÍ VIDA, CÓMPRALO!
viernes, 6 de septiembre de 2013
EN EL VELORIO DE ANTONIO
domingo, 4 de agosto de 2013
VIDA: ¡HICISTE FALTA!
domingo, 28 de julio de 2013
EN EL CAJERO AUTOMÁTICO
domingo, 21 de julio de 2013
LA POBRE LUISA FERNANDA
domingo, 14 de julio de 2013
DORMIR EN EL METRO
domingo, 7 de julio de 2013
HISTORIA DE AMOR Y HUMOR
domingo, 30 de junio de 2013
DON JUAN
domingo, 23 de junio de 2013
CARNE A DOMICILIO
miércoles, 19 de junio de 2013
UNA LLAMADA DESESPERADA
martes, 11 de junio de 2013
EL MILAGRO
Nota del autor: Los lugares, personajes y situaciones relatadas aquí, tienen un carácter hipotético. En ningún caso deben ser interpretadas, literalmente, como hechos de una realidad específica.
lunes, 3 de junio de 2013
¡Han cantado bingo!
Recuerdo que, por fin, mucho tiempo atrás, me había animado a entrar a un bingo, de esos “convenientemente” dispuestos en un conocido centro comercial ubicado al noreste de Maturín. También recuerdo que era un viernes al caer la noche y previamente en la mañana, había escuchado mi horóscopo en la televisión, el cual me anunciaba que esa fecha sería mi día de suerte.
Andaba corto de dinero y por ello me senté en una mesa redonda a probar mi suerte astral. Al comprar uno de los cartones y tras anotar un par de veces, aprecié con estupor que cantaban números muy cercanos a los pintados en mi cartón. Los míos parecían pasar desaparecidos.
“¡Línea...!”, gritó de pronto una señora entre un grupo de damas que sobresalían por dicharacheras. Eso de línea consistía en recibir un dinero extra por haber tenido la suerte de pegar cinco números en una misma hilera. ¡Bah!, un señuelo más para gente inexperta, como yo.
Seguí poniendo atención al juego y hubo un momento cuando pareció que cantaban varios números contenidos en mi cartón.
“¡Han cantado bingo!”, dijo de pronto una de las chicas del negocio, confiriéndole el premio a un señor que, según supe más tarde, suele ir casi todos los días a ese lugar.
Pasaron seis sesiones de juego sin tener suerte. Pero tenía fe. “Estarás muy intuitivo”, anunciaba el horóscopo. Intenté probar suerte en otra mesa junto a una pareja de ancianos que jugaban muy animados. “Aquí la paciencia ayuda también a tener suerte, mijo”, me dijeron ante un comentario de desaliento que formulé.
Eché un vistazo en derredor y me di cuenta que la sala de juego era inmensa. Veía a jóvenes que iban y venían vendiendo los cartones de juego, otros tantos servían comidas y bebidas. Algunos vestidos de negro fungían como personal de seguridad.
“Pensamientos positivos”, otra de las expresiones formuladas en mi signo zodiacal. De pronto el centro de la palma de mi mano derecha me picaba y por ello me consideré a punto de pegar un bingo.
La tensión aumentó. Me armé de valor y gasté los mil 200 bolívares que me quedaban en una serie completa. Sentí que la suerte me coqueteaba. Los números de mis cartones eran cantados una y otra vez. Un rictus alegre afloró en mi rostro. ¡Parecía increíble! En uno de mis cartones sólo faltaba el número nueve. ¡Uf..!, el corazón quería salir de mi pecho. Daba por seguro los 96 mil bolívares anunciados como premio. Y de pronto: “¡Han cantado bingo!”. El alarido de alegría de una bella joven en una mesa contigua rompió el silencio de ansiedad de todos allí y me sumergió en el más completo desencanto. En ese instante sentí rabia por haber creído en el horóscopo.
Crónicas urbanas
Andrés Eloy Ravelo
Nota del autor: Los lugares, personajes y situaciones relatadas aquí, tienen un carácter hipotético. En ningún caso deben ser interpretadas, literalmente, como hechos de una realidad específica.
sábado, 5 de noviembre de 2011
ELLA SE FUE
-Eloisa, ¡mira al Alcalde!, dice Antonieta abrazada a un poste de luz eléctrica, luchando para que la corriente no la arrastrara pueblo abajo. Eloisa, se encontraba junto a ella en la misma situación, y al mirar a la primera autoridad municipal, quien con la camisa arremangada, caminaba con un séquito de funcionarios municipales inspeccionando la situación, comenta: “¡Mijita!, ¿ese hombre ahora es cuando va a hablar con la gente? Para mí lo que está haciendo es campaña, porque nunca se ha ocupado del pueblo.
El par de féminas damnificadas siguen cuchicheando a costa del burgomaestre local. A los lejos se escucha el ruido de un par de helicópteros que sobrevuelan la zona del desastre. Grupos de rescate con vistosas embarcaciones, andan por doquier auxiliando a las personas. Pero, al analizar mi situación, reconozco que nada queda en mi vivienda. Y lo poco que el agua no pudo arrastrar, está inservible, empezando por mi ropa interior que ayer recuperé, cuando un par de ladrones la hurtaban del fondo de mi casa. De súbito, una mezcla de melancolía y desconcierto me invadió. Está bien que en mi discusión con mi mujer, yo, producto de mi enfado, le había gritado que no la quería ver más en mi vida. Pero Diosito…, la cosa no era como para que fuera ella la primera en ser arrastrada por la enfurecida corriente de agua que, desde el cerro de atrás y en cuestiones de segundos, cayó y entró a mi hogar llevándose casi todo a su paso.
Crónicas urbanas
Andrés Eloy Ravelo
Nota del autor: Los lugares, personajes y situaciones relatadas aquí, tienen un carácter hipotético. En ningún caso deben ser interpretadas, literalmente, como hechos de una realidad específica.
domingo, 15 de mayo de 2011
Un empleo así

Manuel, quien era un respetado contratista de Maturín, se sentía sumamente preocupado. No era para menos. Su único hijo varón había terminado muy tarde el bachillerato y asomaba ya su decisión de no querer seguir estudiando. Sólo prometía quedarse en casa eternamente “hasta cuando pase el cansancio escolar”. “¡Ah!, ¿no quieres estudiar? Bueno yo vagos no mantengo, así que es hora de que te vayas a trabajar”, le dijo un día a su hijo.
Dada su trayectoria de influencias entre personeros de la política regional, Manuel decide recurrir a varios “amigos” para conseguirle un empleo a su hijo, mientras éste se animara a estudiar alguna carrera en la universidad.
-¡Aló, Betancourt!, ¿te acuerdas de mi hijo? Bueno ya terminó el bachillerato y por ahora no quiere estudiar nada. Te llamo a ver si me le consigues un puesto en cualquier dependencia, mientras él decida volver a estudiar. Te pido que sea lo más pronto posible, para evitar que siga vagando por la casa-, le pide Manuel a uno de sus contactos gubernamentales.
A los tres días llama Betancourt: "¡Manuel, ya está! Secretario privado del presidente del Instituto. Ganará tres mil 800 bolívares al mes, con cesta ticket y todos sus beneficios. ¡Creo que no estarían mal!, ¿te parece?”
-¡Es una locura!, él recién empieza y debe hacerlo desde abajo, por lo que con mucho dinero se hace peor.
Dos días más tarde vuelve a llamar Betancourt y le informa:
“Manuel, ya lo tengo. Le conseguí un cargo de asistente de un diputado. El sueldo es más modesto, casi tres mil bolívares al mes”.
-¡No, Betancourt!, No quiero que la vida se le haga tan fácil de entrada. Quiero que sienta la necesidad de estudiar, ¿me entiendes?
Una semana había transcurrido cuando Betancourt llama de nuevo a Manuel, quien da muestra de desespero al ver a su hijo todo el día durmiendo en su casa.
“Manuel, ahora sí: Asesor de Recursos Humanos en una empresa subsidiaria del gobierno. Claro que el sueldo es apenas dos mil 250 bolívares al mes”.
-Pero Betancourt, ¡por favor!, consíguele al muchacho algo más modesto. Pudiera ser mil al mes, cuanto mucho.
“¡No!, eso es imposible Manuel. Porque esos cargos son por concursos y piden un currículo con título universitario, preferiblemente con postgrado en el exterior, que sepa inglés, con conocimiento de word, excel, power-point y experiencia laboral comprobada. Mira, lo que me pides es muy difícil Manuel, porque empleos así… no se encuentran de manera fácil, mucho menos en el gobierno, donde además, los sindicatos están vigilantes.
Crónicas urbanas
Andrés Eloy Ravelo
Nota del autor: Los lugares, personajes y situaciones relatadas aquí, tienen un carácter hipotético. En ningún caso deben ser interpretadas, literalmente, como hechos de una realidad específica.
domingo, 20 de febrero de 2011
Pasión atrasada

-Oscar, hacía tiempo que sentía la necesidad de confesarte cuanto te deseo.
-Hilda, también te he deseado mucho desde hace años. Mira, aprovecho la ocasión, ahora cuando nos han dejado solos en esta plaza de Caripito, para decirte que eres la fuente principal de todos mis sueños y cuando pienso en el deseo, entonces es a ti a quien mi carne busca.
-¡Ay, Oscar, no contaba con eso! Hace años que daba todo por sentir esas manos tuyas en mi cuerpo. Se me hacía agua la boca sólo en pensar que tú, de un momento a otro, podría enredar tu dedos en mis vellos y...
-¿Y...?
-Bueno ya sabes... esos detalles que hacen que una mujer de mi edad, vuelva a vivir la intensidad de un amor a veces turbulento, a veces tan fuerte, cual caballo desbocado, que origina en mí los más sublimes suspiros de éxtasis.
-Hilda, mira son muchos los años que por timidez, cobardía o falta de interés de ambos, no habíamos materializado este amor que nos consume por dentro.
-¿Qué propones al respecto?
-Se me antoja que debiéramos hacer, hoy mismo, un tour por algunos automoteles para conocer esos sitios y así, apagar esta llama de pasión que amenaza con carbonizarnos. ¿Te imagina yendo rumbo al motel ubicado vía Caripito, o entrando en el otro vía al sur, o regodeándonos en uno que hace años funciona cerca de Boquerón, fundiéndonos de amor allí y haciendo lujurias toda la noche?
-¡Huy..., Oscar, todavía se me sonrojan las mejillas...! ¡Aaahh..., pero esta vez te diré que sí. ¡Ya basta de miedo y del “qué dirán”!. ¿Tendremos que alquilar un taxi?
-Ummm..., supongo, pues acuérdate del impedimento que tenemos para conducir vehículos. Pero eso no importa, lo primordial son las “cositas ricas” que vamos a hacer en las habitaciones...jajajajajaja...
-Oscar, Oscar... ¿acaso no escucha por tu oído derecho? Te pregunté ¿qué piensas hacerme en esos moteles?
-¡Mujer..., arrancaré de tu garganta los más agudos gemidos de placer! No te daré tregua, pues haremos el amor una y otra vez hasta el cansancio. Comenzaremos por aquellas caricias y fantasías que siempre hemos querido hacernos. Salpicaré tu ser de todo mi ímpetu pasional, pues besaré cada rincón de tu cuerpo, me convertiré en el rey de tus sueños más eróticos y además, seré...seré...el...
-¡Hey, señor Oscar, doña Hilda! Ah, otra vez este par de viejitos escapándose del grupo. En cualquier momento el autobús los deja y no podrán volver al Club de Abuelos. ¿De qué hablaban?
-¡De Chávez, mijita, de Chávez!
Crónicas urbanas
domingo, 13 de febrero de 2011
Por amor a Gertrudis

Esa mañana entré a uno de esos establecimientos de comidas rápidas que hay en Maturín, con la intención de comer algo. Ya sentado en una mesa, observo que una pareja de ancianos entran muy resueltos para ordenar una hamburguesa con papas fritas, un refresco y un vaso adicional. Interesado, veo como luego el anciano divide la hamburguesa por la mitad y cuenta las papas fritas: una para ella, una para él, otra para ella y otra para él, hasta dividirlas por igual. Después, el abuelito llena el vaso vacío con la mitad del refresco y empieza a comer, mientras su anciana esposa lo observa con sus manos temblorosas puestas sobre su regazo.
Intrigado, me acerqué a los ancianos y les pregunté que si no les importaría que les comprara otra hamburguesa, y así no tendrían que dividir esa. "Nosotros llevamos 50 años de casados y cada cosa siempre la hemos dividido por la mitad, señor", el viejo replica. Observé que tenía bastante prisa por terminar de comer, por ello le comenté: “Veo que come usted muy rápido”.
-Es que mi mujer no le gusta comer fuera y siempre espera a que yo termine para llevarse la comida al asilo. Hoy es su cumpleaños y le regalé este libro de historia.
-¡Pero si es un libro de sexo!-, advertí
-Por eso, mijo, ya para nosotros el sexo es historia.
También me contó que su mujer llevaba algún tiempo en ese asilo, de donde la saca todas las tardes con el permiso del director, para cenar juntos. Mientras acababa de comer, le pregunté si ella se alarmaría en caso de que él faltara algún día a su habitual comida vespertina.
-No, ella ya no sabe quién soy. Hace cinco años que no me reconoce-, me dijo. Entonces le pregunté extrañado: “Y si ya no sabe quién es usted, ¿por qué esa necesidad de sacarla y estar con ella todas las tardes?
Sonrió y dándome una palmadita en el antebrazo derecho, me dijo: -"Ella no sabe quién soy, pero yo todavía sé muy bien quién es ella". Tuve que contener mis lágrimas y pensé: "Esa es la clase de amor que quiero para mi vida. El verdadero amor que no se reduce a lo físico ni a lo romántico. Que es la aceptación de todo lo que el otro es, de lo que ha sido, de lo que será y de lo que ya no es. ¡Es la clase de amor que anhelo!
Ya cuando se iban, la anciana me sorprende al preguntar a su compañero: “Señor, ¿cómo se llama ese alemán que me esconde las cosas y me vuelve loca en el asilo? Y su anciano esposo contesta: “Alzheimer, Gertrudis, Alzheimer”.
Crónicas urbanas
Andrés Eloy Ravelo
Nota del autor: Los lugares, personajes y situaciones relatadas aquí, tienen un carácter hipotético. En ningún caso deben ser interpretadas, literalmente, como hechos de una realidad específica.
domingo, 28 de noviembre de 2010
Dos buenas amigas

Rita y Zenaida eran un par ejemplar y particular de amigas. Nadie podía imaginarlas a una sin la otra. Una dupla que despierta admiración por su modelaje de personas atraídas por una aparente amistad sincera y desinteresada. Aunque tenían una semana sin verse, se dio la casualidad de que ambas coincidieran una tarde soleada en un centro comercial de Maturín, cuando Rita salía de la peluquería.
-¡Hola, Rita! ¿Te cortaste el pelo?
-¡Sí, querida! No te imaginas con quien... con Lombardi, el maestro de la tijera. ¿Qué tal? Vine enseguida apenas llegó de Milán.
-¡Maravilloso! Te ves diez años más joven. ¡Qué bárbaro! Quisiera hacérmelo igual. ¿Fueron mechas?
-¡Noooooo…! me aplicó una nueva técnica de aclaración que trajo de Italia. ¿Qué te parece?
-¡Waoooo…! ¡Bella, amiga! Te felicito.
-Sí Zenaida, anda, háztelo cuando puedas, seguro que te hará algo muy fashion, además con el pelo que tienes, él quedará encantado. Dile que vas de parte mía para que te trate bien y te haga algo chévere. Después me llamas para contarme.
-Okey, Rita. Vamos a ver si nos ponemos de acuerdo y salimos
un día. ¿Sí?
-¡Claaaaro.....amiga!, a eso sólo hay que ponerle fecha.
Media hora después y como cansadas de tanto hablar, Zenaida le dice a Rita:
-Bueno amiga vete a tu casa, que tu esposo se va enorgullecer de la esposa que tiene.
-¡Ay, amiga, qué linda eres! Estoy tan feliz por ti.
Al despedirse, Zenaida va pensando:
"¡Qué cosa tan fea lo que le hicieron en ese pelo! ¡Pobrecita!, y la muy imbécil se cree que está bella. Además está burda de gorda. No entiendo a su marido, ese idiota con lo bueno que está, sigue casado con ella. Ese le debe montar más cachos... ¡pobre estúpida!”
Por su parte, Rita se aleja pensando:
"Esa debe estar muriéndose de la envidia. ¡Qué hipócrita!, como sí no supiera que se la pasa “buceando” a mi marido cada vez que lo ve y todavía quiere hacerse lo mismo que yo en el pelo, pero no es posible con su pelo de escoba.
Será para que al marinovio le de un infarto cuando la vea. ¡Desgraciada!
De súbito, la voz lastimera de un mendigo saca a Rita de sus pensamientos:
-¡Señora, por piedad!, deme algo. Mire que no he comido nada en tres días y me veo ya muy flaco.
-¡Ay señor, que envidia le tengo! ¡Ojalá tuviera yo esa fuerza de voluntad para así comprarme ropa de menor talla!-, exclamó Rita alejándose del pordiosero y sumergiéndose de nuevo en sus pensamientos.
Crónicas urbanas
Andrés Eloy Ravelo
Nota del autor: Los lugares, personajes y situaciones relatadas aquí, tienen un carácter hipotético. En ningún caso deben ser interpretadas, literalmente, como hechos de una realidad específica.
martes, 2 de noviembre de 2010
Pasión por una amiga

Me quedé con mi amiga Ana María al concluir su fiesta de cumpleaños. Le ayudé a recoger los platos sucios y desperdicios. Al finalizar esa labor, ella dice:
-¡Huy, es muy tarde!, será mejor que te quedes a dormir.
-¿Y dónde duermo?
-Conmigo en mi cama.
¡Uf!, mis piernas temblaron y me dije: “¡Por fin esta es mi noche!”. Al rato sospeché que, basado en mi condición de amigo “superespecial”, su propuesta al parecer no tenía otras intenciones, por lo que con toda confianza, ella se queda en ropa íntima, mas yo aún así pienso: “Me quedaré en calzoncillos... pues sigo creyendo que esta es mi noche”. De un brinco me meto en su cama y doblo mis rodillas para disimular. Ella se acuesta también, me sonríe, se voltea dándome la espalda y dice: “Hasta mañana”. Insistí: “Vamos, no seas tímida, dime algo”.
-Okey, ¡duérmete!-, ¡y ella se durmió! Lleno de asombro murmuro para mis adentros: “Pero bueno, ¿esta mujer no reza ni nada?”
Estoy acostado con la mujer que más deseo y no me atrevo a moverme para no tocarle nada. En este momento soy el hombre más caliente del mundo. ¡Y qué larga se me hace la noche! De pronto me vienen a la cabeza un par de preguntas: “¿Rozarla con mi pierna, será de mal amigo? ¿Y si son sus glúteos los que me tocan? Ah, percibo su cuerpo como un templo, ¡pero esta noche no hay misa! Horas después, sólo me hago una pregunta: “¿Seré realmente idiota?”.
¡No puedo creer que estoy en la misma cama con ella y no vaya a pasar nada!
Pero confío que en cualquier momento, ella dará la vuelta y me dirá: “Ya has sufrido bastante, ahora… ¡hazme tuya!
¡Y mira que sufro!, porque tengo toda la sangre del cuerpo acumulada en un mismo sitio. “Se han dado casos de hombres quienes han llegado a reventar”, me dijo antes un amigo en una situación similar.
La humillación no terminó allí. A las siete de la mañana suena el timbre de la puerta: “¡Ay, es José!”, exclamó Ana María. ¿José?, ¿pero no lo habías dejado?, le pregunté. “Ya te contaré, que ahora tengo prisa. Olvidé decirte que él iba traer a su perro, porque como nos vamos a Margarita, el perro contigo quedará bien cuidado. Esta es tu casa, quédate tranquilo. Para colmo, entra José y me dice: “¿Eres su amigo? Tienes mala cara, ¿has dormido bien?”. Se fueron y quedé con el perro. Pensé: “Si para Ana María considerarme "su amigo", consiste en arruinar mi vida sexual, ¿qué hará con sus enemigos? Bien que seamos amigos, lo que no entiendo es por qué no podemos hacer el amor como amigos".
Crónicas urbanas
Andrés Eloy Ravelo
Nota del autor: Los lugares, personajes y situaciones relatadas aquí, tienen un carácter hipotético. En ningún caso deben ser interpretadas, literalmente, como hechos de una realidad específica.
jueves, 21 de octubre de 2010
Un simple despecho

Fue absurda la ida a ese automotel del sur de Maturín con dos mujeres ya maduras. Recordaba el rostro de una de las féminas, pero no su nombre. La otra era una completa desconocida, pues no recordaba su cara, mucho menos su nombre. Reconozco que las chicas provocaban unas ganas en mí, pero no me acordaba de qué. En realidad sentí que muchas partes de mi cuerpo me dolían y el pedazo de músculo varonil que no me dolía, simplemente no funcionó, a pesar de la pastillita azul. Me vi desnudo ante ellas y comprobé que todos mis años quedaron arremolinados en mi abultado abdomen.
Y es que ayer mi ánimo rodó por el piso, cuando María Andreína simplemente me confesó que ya no me amaba, tirando así al olvido 26 años de matrimonio. ¡Si ella supiera que su recuerdo germina en mi corazón! Cuánto diera por despertar cada mañana y sentir de nuevo su aliento en mi cuello, el calor de sus labios carnosos en mis mejillas, el contacto de sus dedos en mi piel y esa intuición esperanzadora de vivir o morir de viejo postrado en su regazo.
Aun ensimismado, me arreglé algunos disminuidos mechones de pelo intentando tapar la calva, cuando una las mujeres me dijo: “Te ves espléndido”. Frente al espejo recapacité y me dije: “en la vida de un hombre hay tres etapas: la juventud, la madurez y el te ves espléndido”. Entonces opté por criticar a las nuevas generaciones, al creer que todo aquello que la Madre Naturaleza me había dado, el Padre Tiempo empezaba a quitármelo. Me consolé al pensar que, a mi edad, tenía muchas respuestas para la vida, aunque ya nadie me pregunta nada. También recordé que un día María Andreína, con voz tranquila, aconsejaba a su adolescente hermana de esta manera: “Debes fijarte muy bien a la hora de escoger marido. Ve a tu cuñado, sabe arreglar autos, lavadoras y cualquier aparato eléctrico”. Pensé que era un digno elogio para mí, hasta que agregó: “No te cases con un hombre así, porque nunca vas a tener nada nuevo”. Voltee hacia las chicas, las miré con desdén y de un jalón, bebí el whisky restante en la botella, para luego huir del lugar. En el camino, no aguanté las ganas e impulsado por el desamor, decidí llamar telefónicamente a María Andreína. En el teléfono de la casa, la voz displicente suya en la contestadora dijo: “Hola, probablemente me encuentro en casa, pero estoy evadiendo a una persona que no quiero volver a ver. Deja tu mensaje y si no te devuelvo la llamada... ¡eres tú!
Crónicas urbanas
Andrés Eloy Ravelo
Nota del autor: Los lugares, personajes y situaciones relatadas aquí, tienen un carácter hipotético. En ningún caso deben ser interpretadas, literalmente, como hechos de una realidad específica.










