domingo, 30 de junio de 2013

DON JUAN

El dinero amenazaba con no alcanzar para mucho pero, un tanto resignado, Juan José, con el carrito metálico casi repleto de comida, tuvo que detenerse en una de las diez hileras de personas que aguardaban, impacientes, su turno de cancelar los productos seleccionados para la compra. Ese soleado día, parecía que todos los residentes de Maturín habían ido al supermercado. “¡Ah!, mucha compra compulsiva de alimentos. ¿Será que habrá un golpe de Estado?”, se preguntó tratando de hallar una somera explicación a la gran cantidad de personas que deseaban pagar a las chicas de las cajas registradoras. Era la tarde de un domingo con un sol inclemente en Maturín. Con la resaca que le había dejado el whisky de la fiesta celebrada la noche anterior, su cerebro parecía perdido en el tiempo y en el espacio disponible en su cabeza. Como castigo, su mujer le obligó a hacer las compras del día con el poco dinero que le había quedado, tras haberlo gastado, casi todo, en la celebración. Esperando matar el tiempo, Juan José optó por fijarse en la figura de cada una de las señoras quienes, con hijos, algunas manipulando sus teléfonos celulares o con amigas o familiares, murmuraban en las colas dispuestas en el supermercado para cancelar. Elige observar a un trio de mujeres hablando entre sí. De repente una de ellas se aleja un poco para comprar un artículo del cual se acordó a última hora: ¿Qué hacen tres mujeres reunidas en un supermercado...? Se pregunta Juan José y el mismo se responde: -Se juntan dos y critican a la otra. En eso de vagar su mirada entre las féminas, nota que una rubia descomunal, toda exuberante ella, lo mira, le sonríe y lo saluda afectuosamente desde la fila contigua. “¿Me estará saludando a mí?”, se pregunta entre el desconcierto y el orgullo machista que le caracteriza. “¿De dónde diablos salió esta hermosa hembra?, siguió interrogándose. Al rato termina viéndola familiar y pavoneándose le pregunta: -¿Me conoces, nena? -Así lo creo, ¡eres el padre de uno de mis chicos!-, le respondió la rubia. Juan José se sorprendió mucho y trató de buscar una lógica explicación a tal afirmación, mas al no poder, empezó a volverse loco. A estas alturas de su vida, ya casado con tres hijos y que venga una desconocida a decirle eso…era como un balde lleno de agua fría, vertido en esa humanidad suya atormentada por el ratón etílico. De repente, le llega el recuerdo de la única noche cuando le fue infiel a su mujer. Resignado y un poco confundido, le responde a la rubia: -¡No puedo creer que seas aquella mujer quien hizo el striptease en la fiesta de Punta de Mata y... a quien subí a una mesa de billar para hacerle el amor, ante la mirada de todos mis amigos! ¡Chica fuiste el diablo!, y te confieso que jamás he conseguido mujer alguna como tú. ¡Ah..!, ¿pero nunca me dijiste que quedaste embarazada? ¿En realidad eres tú esa mujer? A lo cual ella contesta sonriente: “¡No!, soy Romelia, la profesora de inglés de tu hijo mayor. ¿No te acuerdas de mí, ni del liceo de tu hijo? Crónicas Urbanas. Andrés Eloy Ravelo Nota del autor: Los lugares, personajes y situaciones relatadas aquí, tienen un carácter hipotético. En ningún caso deben ser interpretadas, literalmente, como hechos de una realidad específica.

domingo, 23 de junio de 2013

CARNE A DOMICILIO

Me levanté temprano con el fin de buscar empleo en Maturín. Era obligado hacerlo, so pena de seguir lidiando en la carnicería de mi padre. Consideré viable impactar con los nombres de los cargos descritos en mi currículo, así que los redacté de este modo: Año 2000: “Coordinador Oficial de Movimientos Internos”, eso para referirme a la vez cuando fui portero; 2001: “Distribuidor Interno de Recursos Humanos”, cuando fui ascensorista en un edificio de Puerto La Cruz; 2002: “Especialista en Logística de Documentos”, o mensajero en la Gobernación de Monagas; 2003: “Especialista en Logística de Alimentos”, cuando fui mesonero en un hotel de Carúpano; 2004: “Distribuidor Geográfico Poblacional”, por mi trabajo como ayudante del chófer del bus que cubría la ruta La Puente-La Cruz, en Maturín y desde el 2005 a la fecha: “Coordinador Independiente de Flujo de Actividades o Free-Lance”, para decir que estoy disponible, en la vagancia. -¡Miguel, anda a llevarle el pedido a la Lolita!-, interrumpe papá. Agarro el pedido, me monto en mi bicicleta y parto rumbo a la dirección especificada. Caía una llovizna pertinaz sobre Maturín, por lo que tuve que saltar varios charcos, esquivar algunos otros para no ensuciarme. En realidad, no me gusta dejar carne a domicilio. Me da pena. La novia que tenía antes se burlaba de mí. Por eso terminamos. ¿Por qué se le ocurrió a papá la brillante idea ésta de: "Entregamos en su domicilio a la hora que lo necesite" La llovizna no cesaba. No importa, son sólo unas pocas calles. Papá dice que la “Lolita” es la querida de un militar. Tuve un poco de curiosidad. Al llegar a su casa, con recelo recuesto mi bici en la fachada. Se oye música colombiana a todo volumen. Ya adentro, distingo al fondo la adolescente silueta de la “Lolita”. Es toda carne oliendo a ron sin filtrar. Trae encima una bata muy corta que no cubre del todo su ropa interior. Sus largas piernas se apoderan de mis pupilas y no atino a ver nada más, ni siquiera puedo cerrar la boca. Comienzo a decir algo por pura intuición, creo, o sólo porque es lo único que se me ocurre. Ella me hace un guiño que presagia una entrega amorosa de ambos y justo cuando eso va a ocurrir, en el oscuro marco de la puerta de entrada, aparece la enorme figura del militar para decir: “¡Muchacho deja la carne y lárgate!”. Luego me ataja y dice: ¡Espera! No te había visto antes por aquí. ¿Vendrás siempre a traer carne? Ummm… Eso no me gusta mucho. Mis respuestas quedaron aglutinadas en el corazón, el cual latía aceleradamente. Salgo muy asustado y sin cobrar, prometiéndome no seguir repartiendo carne a domicilio. Crónicas Urbanas. Andrés Eloy Ravelo Nota del autor: Los lugares, personajes y situaciones relatadas aquí, tienen un carácter hipotético. En ningún caso deben ser interpretadas, literalmente, como hechos de una realidad específica.

miércoles, 19 de junio de 2013

UNA LLAMADA DESESPERADA

Julia tenía un año divorciada. Vivía en Temblador y pensó que ya era tiempo de acabar con la abstinencia sexual que había mantenido por respeto a sus padres. Con una sensación de libertad nunca antes sentida, vino a Maturín para descubrir nuevas emociones. Le costó mucho conseguir hospedaje en un hotel, ante la serie de reservaciones confirmadas en esos hoteles por la fanaticada del torneo internacional de fútbol, Copa América, que se disputaría en la ciudad. Una vez haberse registrado en el lobby del hotel, subió al ascensor para ir a la habitación asignada. -¡Qué patético, cómo hay fotos del comedor del hotel en este ascensor! ¿A quién se le ocurre semejante cosa? Pues tiene que ser a la mujer del dueño-, exclama ante la sorpresa del botone que la acompaña. Al estar ya sola y tirada en la cama de la habitación, decide llamar a una de esas empresas de acompañantes, de las que publican información, especialmente para hombres, en algunos diarios de Maturín. Entre los avisos encontró uno que ofrecía el servicio masculino y en especial le llamó la atención porque estaba firmado: “Furia Erótica”. Tuvo el impulso de llamar de inmediato, pero la secuela de temores generada por sus prejuicios morales la hicieron dudar. Dio varias vueltas a la habitación acabando con los caramelos de cortesía. Después de analizar con cuidado el aviso, decidió llamar… Tomó el periódico en sus manos, -que temblaban y sudaban por la expectativa-, levantó el auricular del teléfono y marcó el número que indicaba el aviso. -¡Hola!-, contestó un hombre con una sensual voz. -¡Hola!, entiendo que sabes de masajes y la verdad es que necesito que vengas a mi habitación y me des uno urgente... ¡No, espera!, en realidad lo que quiero es ¡sexo! Tengo un desespero por tener una larga sesión de sexo salvaje, ¡pero ya! Estoy hablando en serio. Deseo que dure toda la noche y estoy dispuesta a participar en variadas y atípicas posiciones..., y si eso tiene un nombre que puedas pronunciar, ¡yo quiero hacerlo! Trae toda clase de implementos, accesorios y juguetes para mantenerme despierta ¡toooda la noche...! Quiero que me inmovilices y que me llenes el cuerpo con miel, para después lamérmelo con la lengua o con lo que tú quieras. ¿Qué te parece? -Pues la verdad suena fantástico..., pero señora, para hacer llamadas externas, primero necesita marcar el nueve y esperar el tono...-, le responde uno de los recepcionista del hotel. Crónicas Urbanas. Andrés Eloy Ravelo Nota del autor: Los lugares, personajes y situaciones relatadas aquí, tienen un carácter hipotético. En ningún caso deben ser interpretadas, literalmente, como hechos de una realidad específica.

martes, 11 de junio de 2013

EL MILAGRO

Ante el desconsuelo que lo embargaba por no haber sido seleccionado para formar parte del equipo que representaría a Monagas en las competencias nacionales de salto ornamental, Alberto decide demostrarse a sí mismo que realmente estaba preparado para la ocasión. Y esa noche, de manera furtiva, el clavadista se introduce en las instalaciones de una piscina pública de Maturín, con miras a ejercitarse un poco e intentar demostrarle a su entrenador que tiene las condiciones físicas y la pericia necesaria como para merecer una medalla dorada. Momentos antes y por el camino, su mente aún reproducía las imágenes de la película de nuestro Señor Jesucristo que Adelaida, la compañera de clase por quien Alberto suspiraba, le obligó a ver en la tarde, muy a pesar de saber que él había sido criado como ateo, por lo que el chico no prestó la atención requerida al film. La brisa parecía estacionaria. No se oían los acostumbrados grillos y el olor a cloro era el acostumbrado. Las luces de la piscina estaban totalmente apagadas, mas la noche gozaba de una luna nueva, proyectando la claridad suficiente como para que Alberto se animara a ejercitarse. Presuroso, se quitó su ropa y en calzoncillos subió al trampolín más alto y antes de llegar al borde, optó por darle la espalda a la piscina. Ya al filo de la rampa y haciendo de ese momento el acto más solemne de su corta existencia, extendió sus brazos en cruz dispuesto a concentrarse en el salto. Estando en esa posición notó que su silueta se proyectaba en una pared cercana, haciendo de su sombra una representación similar a la de nuestro Redentor crucificado. Ante tan sorprendente escena y con una devoción extraña en él, Alberto decide arrodillarse para exclamar lo siguiente: “Dios, ¡por favor!, te ruego que entres a mi vida para disipar todas estas dudas que me atormentan y para que me ayudes a ser mejor persona para la sociedad, mejor hijo para mis padres, mejor amigo de todos, a ser más tolerante con mis hermanos, a tenderle la mano al prójimo y a ser un mejor deportista”. De súbito las luces se encendieron. Asustado y un tanto cegado por el estallido de luminosidad que irrumpió en la estancia, Alberto echó su mirada al vacío para ver y escuchar como un vigilante lo increpaba por estar subido en lo alto del trampolín. En eso el joven nadador pudo percatarse de que habían vaciado la piscina para hacerle mantenimiento. Crónicas Urbanas Andrés Eloy Ravelo Nota del autor: Los lugares, personajes y situaciones relatadas aquí, tienen un carácter hipotético. En ningún caso deben ser interpretadas, literalmente, como hechos de una realidad específica.

lunes, 3 de junio de 2013

¡Han cantado bingo!

Recuerdo que, por fin, mucho tiempo atrás, me había animado a entrar a un bingo, de esos “convenientemente” dispuestos en un conocido centro comercial ubicado al noreste de Maturín. También recuerdo que era un viernes al caer la noche y previamente en la mañana, había escuchado mi horóscopo en la televisión, el cual me anunciaba que esa fecha sería mi día de suerte. Andaba corto de dinero y por ello me senté en una mesa redonda a probar mi suerte astral. Al comprar uno de los cartones y tras anotar un par de veces, aprecié con estupor que cantaban números muy cercanos a los pintados en mi cartón. Los míos parecían pasar desaparecidos. “¡Línea...!”, gritó de pronto una señora entre un grupo de damas que sobresalían por dicharacheras. Eso de línea consistía en recibir un dinero extra por haber tenido la suerte de pegar cinco números en una misma hilera. ¡Bah!, un señuelo más para gente inexperta, como yo. Seguí poniendo atención al juego y hubo un momento cuando pareció que cantaban varios números contenidos en mi cartón. “¡Han cantado bingo!”, dijo de pronto una de las chicas del negocio, confiriéndole el premio a un señor que, según supe más tarde, suele ir casi todos los días a ese lugar. Pasaron seis sesiones de juego sin tener suerte. Pero tenía fe. “Estarás muy intuitivo”, anunciaba el horóscopo. Intenté probar suerte en otra mesa junto a una pareja de ancianos que jugaban muy animados. “Aquí la paciencia ayuda también a tener suerte, mijo”, me dijeron ante un comentario de desaliento que formulé. Eché un vistazo en derredor y me di cuenta que la sala de juego era inmensa. Veía a jóvenes que iban y venían vendiendo los cartones de juego, otros tantos servían comidas y bebidas. Algunos vestidos de negro fungían como personal de seguridad. “Pensamientos positivos”, otra de las expresiones formuladas en mi signo zodiacal. De pronto el centro de la palma de mi mano derecha me picaba y por ello me consideré a punto de pegar un bingo. La tensión aumentó. Me armé de valor y gasté los mil 200 bolívares que me quedaban en una serie completa. Sentí que la suerte me coqueteaba. Los números de mis cartones eran cantados una y otra vez. Un rictus alegre afloró en mi rostro. ¡Parecía increíble! En uno de mis cartones sólo faltaba el número nueve. ¡Uf..!, el corazón quería salir de mi pecho. Daba por seguro los 96 mil bolívares anunciados como premio. Y de pronto: “¡Han cantado bingo!”. El alarido de alegría de una bella joven en una mesa contigua rompió el silencio de ansiedad de todos allí y me sumergió en el más completo desencanto. En ese instante sentí rabia por haber creído en el horóscopo. Crónicas urbanas Andrés Eloy Ravelo Nota del autor: Los lugares, personajes y situaciones relatadas aquí, tienen un carácter hipotético. En ningún caso deben ser interpretadas, literalmente, como hechos de una realidad específica.

sábado, 5 de noviembre de 2011

ELLA SE FUE

Los primeros rayos de sol me despiertan acostado sobre el techo de lo que aún queda de mi casa. Retumban en mis oídos los gritos de un grupo de niños quienes, inocentemente, navegan sobre viejos neumáticos en lo que antes era la calle principal de mi vecindario, la cual junto a las demás vías, se muestran ahora como verdaderos canales de navegación, por cuya superficie, una gélida brisa corre libremente presagiando la llegada de más lluvias. Y es que el agua, ahora domina el paisaje en derredor. Ante esta calamidad, la gente anda como desorientada de un lado para otro, montada sobre cualquier cosa que flote. A medias y boca abajo, se ve la vieja cruz de la iglesia del pueblo. En su incursión abrupta, la corriente entró en el conocido bar de Cipriano Heredia, y arrasó con todas las botellas de licor. Eso si resulta una gran pérdida. El agua también se mostró implacable con la vieja escuela, el club gallístico, el kiosco que misia Genara tenía dos cuadras más arriba, para la venta de empanadas, el sembradío de ocumo chino del Negro Melchor y lo que considero una verdadera desgracia, es la pérdida de varias toneladas de alimentos almacenados en uno de esos establecimientos dispuestos por el Gobierno, para vendérselas, a precios módicos, a los pobres del pueblo.
-Eloisa, ¡mira al Alcalde!, dice Antonieta abrazada a un poste de luz eléctrica, luchando para que la corriente no la arrastrara pueblo abajo. Eloisa, se encontraba junto a ella en la misma situación, y al mirar a la primera autoridad municipal, quien con la camisa arremangada, caminaba con un séquito de funcionarios municipales inspeccionando la situación, comenta: “¡Mijita!, ¿ese hombre ahora es cuando va a hablar con la gente? Para mí lo que está haciendo es campaña, porque nunca se ha ocupado del pueblo.
El par de féminas damnificadas siguen cuchicheando a costa del burgomaestre local. A los lejos se escucha el ruido de un par de helicópteros que sobrevuelan la zona del desastre. Grupos de rescate con vistosas embarcaciones, andan por doquier auxiliando a las personas. Pero, al analizar mi situación, reconozco que nada queda en mi vivienda. Y lo poco que el agua no pudo arrastrar, está inservible, empezando por mi ropa interior que ayer recuperé, cuando un par de ladrones la hurtaban del fondo de mi casa. De súbito, una mezcla de melancolía y desconcierto me invadió. Está bien que en mi discusión con mi mujer, yo, producto de mi enfado, le había gritado que no la quería ver más en mi vida. Pero Diosito…, la cosa no era como para que fuera ella la primera en ser arrastrada por la enfurecida corriente de agua que, desde el cerro de atrás y en cuestiones de segundos, cayó y entró a mi hogar llevándose casi todo a su paso.

Crónicas urbanas

Andrés Eloy Ravelo

Nota del autor: Los lugares, personajes y situaciones relatadas aquí, tienen un carácter hipotético. En ningún caso deben ser interpretadas, literalmente, como hechos de una realidad específica.

domingo, 15 de mayo de 2011

Un empleo así


Manuel, quien era un respetado contratista de Maturín, se sentía sumamente preocupado. No era para menos. Su único hijo varón había terminado muy tarde el bachillerato y asomaba ya su decisión de no querer seguir estudiando. Sólo prometía quedarse en casa eternamente “hasta cuando pase el cansancio escolar”. “¡Ah!, ¿no quieres estudiar? Bueno yo vagos no mantengo, así que es hora de que te vayas a trabajar”, le dijo un día a su hijo.

Dada su trayectoria de influencias entre personeros de la política regional, Manuel decide recurrir a varios “amigos” para conseguirle un empleo a su hijo, mientras éste se animara a estudiar alguna carrera en la universidad.

-¡Aló, Betancourt!, ¿te acuerdas de mi hijo? Bueno ya terminó el bachillerato y por ahora no quiere estudiar nada. Te llamo a ver si me le consigues un puesto en cualquier dependencia, mientras él decida volver a estudiar. Te pido que sea lo más pronto posible, para evitar que siga vagando por la casa-, le pide Manuel a uno de sus contactos gubernamentales.

A los tres días llama Betancourt: "¡Manuel, ya está! Secretario privado del presidente del Instituto. Ganará tres mil 800 bolívares al mes, con cesta ticket y todos sus beneficios. ¡Creo que no estarían mal!, ¿te parece?”

-¡Es una locura!, él recién empieza y debe hacerlo desde abajo, por lo que con mucho dinero se hace peor.

Dos días más tarde vuelve a llamar Betancourt y le informa:
“Manuel, ya lo tengo. Le conseguí un cargo de asistente de un diputado. El sueldo es más modesto, casi tres mil bolívares al mes”.

-¡No, Betancourt!, No quiero que la vida se le haga tan fácil de entrada. Quiero que sienta la necesidad de estudiar, ¿me entiendes?

Una semana había transcurrido cuando Betancourt llama de nuevo a Manuel, quien da muestra de desespero al ver a su hijo todo el día durmiendo en su casa.
“Manuel, ahora sí: Asesor de Recursos Humanos en una empresa subsidiaria del gobierno. Claro que el sueldo es apenas dos mil 250 bolívares al mes”.

-Pero Betancourt, ¡por favor!, consíguele al muchacho algo más modesto. Pudiera ser mil al mes, cuanto mucho.

“¡No!, eso es imposible Manuel. Porque esos cargos son por concursos y piden un currículo con título universitario, preferiblemente con postgrado en el exterior, que sepa inglés, con conocimiento de word, excel, power-point y experiencia laboral comprobada. Mira, lo que me pides es muy difícil Manuel, porque empleos así… no se encuentran de manera fácil, mucho menos en el gobierno, donde además, los sindicatos están vigilantes.

Crónicas urbanas

Andrés Eloy Ravelo

Nota del autor: Los lugares, personajes y situaciones relatadas aquí, tienen un carácter hipotético. En ningún caso deben ser interpretadas, literalmente, como hechos de una realidad específica.

domingo, 20 de febrero de 2011

Pasión atrasada


-Oscar, hacía tiempo que sentía la necesidad de confesarte cuanto te deseo.

-Hilda, también te he deseado mucho desde hace años. Mira, aprovecho la ocasión, ahora cuando nos han dejado solos en esta plaza de Caripito, para decirte que eres la fuente principal de todos mis sueños y cuando pienso en el deseo, entonces es a ti a quien mi carne busca.

-¡Ay, Oscar, no contaba con eso! Hace años que daba todo por sentir esas manos tuyas en mi cuerpo. Se me hacía agua la boca sólo en pensar que tú, de un momento a otro, podría enredar tu dedos en mis vellos y...

-¿Y...?

-Bueno ya sabes... esos detalles que hacen que una mujer de mi edad, vuelva a vivir la intensidad de un amor a veces turbulento, a veces tan fuerte, cual caballo desbocado, que origina en mí los más sublimes suspiros de éxtasis.

-Hilda, mira son muchos los años que por timidez, cobardía o falta de interés de ambos, no habíamos materializado este amor que nos consume por dentro.

-¿Qué propones al respecto?

-Se me antoja que debiéramos hacer, hoy mismo, un tour por algunos automoteles para conocer esos sitios y así, apagar esta llama de pasión que amenaza con carbonizarnos. ¿Te imagina yendo rumbo al motel ubicado vía Caripito, o entrando en el otro vía al sur, o regodeándonos en uno que hace años funciona cerca de Boquerón, fundiéndonos de amor allí y haciendo lujurias toda la noche?

-¡Huy..., Oscar, todavía se me sonrojan las mejillas...! ¡Aaahh..., pero esta vez te diré que sí. ¡Ya basta de miedo y del “qué dirán”!. ¿Tendremos que alquilar un taxi?

-Ummm..., supongo, pues acuérdate del impedimento que tenemos para conducir vehículos. Pero eso no importa, lo primordial son las “cositas ricas” que vamos a hacer en las habitaciones...jajajajajaja...

-Oscar, Oscar... ¿acaso no escucha por tu oído derecho? Te pregunté ¿qué piensas hacerme en esos moteles?

-¡Mujer..., arrancaré de tu garganta los más agudos gemidos de placer! No te daré tregua, pues haremos el amor una y otra vez hasta el cansancio. Comenzaremos por aquellas caricias y fantasías que siempre hemos querido hacernos. Salpicaré tu ser de todo mi ímpetu pasional, pues besaré cada rincón de tu cuerpo, me convertiré en el rey de tus sueños más eróticos y además, seré...seré...el...

-¡Hey, señor Oscar, doña Hilda! Ah, otra vez este par de viejitos escapándose del grupo. En cualquier momento el autobús los deja y no podrán volver al Club de Abuelos. ¿De qué hablaban?

-¡De Chávez, mijita, de Chávez!

Crónicas urbanas

Andrés Eloy Ravelo

Nota del autor: Los lugares, personajes y situaciones relatadas aquí, tienen un carácter hipotético. En ningún caso deben ser interpretadas, literalmente, como hechos de una realidad específica.

domingo, 13 de febrero de 2011

Por amor a Gertrudis


Esa mañana entré a uno de esos establecimientos de comidas rápidas que hay en Maturín, con la intención de comer algo. Ya sentado en una mesa, observo que una pareja de ancianos entran muy resueltos para ordenar una hamburguesa con papas fritas, un refresco y un vaso adicional. Interesado, veo como luego el anciano divide la hamburguesa por la mitad y cuenta las papas fritas: una para ella, una para él, otra para ella y otra para él, hasta dividirlas por igual. Después, el abuelito llena el vaso vacío con la mitad del refresco y empieza a comer, mientras su anciana esposa lo observa con sus manos temblorosas puestas sobre su regazo.

Intrigado, me acerqué a los ancianos y les pregunté que si no les importaría que les comprara otra hamburguesa, y así no tendrían que dividir esa. "Nosotros llevamos 50 años de casados y cada cosa siempre la hemos dividido por la mitad, señor", el viejo replica. Observé que tenía bastante prisa por terminar de comer, por ello le comenté: “Veo que come usted muy rápido”.

-Es que mi mujer no le gusta comer fuera y siempre espera a que yo termine para llevarse la comida al asilo. Hoy es su cumpleaños y le regalé este libro de historia.

-¡Pero si es un libro de sexo!-, advertí

-Por eso, mijo, ya para nosotros el sexo es historia.

También me contó que su mujer llevaba algún tiempo en ese asilo, de donde la saca todas las tardes con el permiso del director, para cenar juntos. Mientras acababa de comer, le pregunté si ella se alarmaría en caso de que él faltara algún día a su habitual comida vespertina.

-No, ella ya no sabe quién soy. Hace cinco años que no me reconoce-, me dijo. Entonces le pregunté extrañado: “Y si ya no sabe quién es usted, ¿por qué esa necesidad de sacarla y estar con ella todas las tardes?

Sonrió y dándome una palmadita en el antebrazo derecho, me dijo: -"Ella no sabe quién soy, pero yo todavía sé muy bien quién es ella". Tuve que contener mis lágrimas y pensé: "Esa es la clase de amor que quiero para mi vida. El verdadero amor que no se reduce a lo físico ni a lo romántico. Que es la aceptación de todo lo que el otro es, de lo que ha sido, de lo que será y de lo que ya no es. ¡Es la clase de amor que anhelo!

Ya cuando se iban, la anciana me sorprende al preguntar a su compañero: “Señor, ¿cómo se llama ese alemán que me esconde las cosas y me vuelve loca en el asilo? Y su anciano esposo contesta: “Alzheimer, Gertrudis, Alzheimer”.

Crónicas urbanas

Andrés Eloy Ravelo

Nota del autor: Los lugares, personajes y situaciones relatadas aquí, tienen un carácter hipotético. En ningún caso deben ser interpretadas, literalmente, como hechos de una realidad específica.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Dos buenas amigas


Rita y Zenaida eran un par ejemplar y particular de amigas. Nadie podía imaginarlas a una sin la otra. Una dupla que despierta admiración por su modelaje de personas atraídas por una aparente amistad sincera y desinteresada. Aunque tenían una semana sin verse, se dio la casualidad de que ambas coincidieran una tarde soleada en un centro comercial de Maturín, cuando Rita salía de la peluquería.

-¡Hola, Rita! ¿Te cortaste el pelo?

-¡Sí, querida! No te imaginas con quien... con Lombardi, el maestro de la tijera. ¿Qué tal? Vine enseguida apenas llegó de Milán.

-¡Maravilloso! Te ves diez años más joven. ¡Qué bárbaro! Quisiera hacérmelo igual. ¿Fueron mechas?

-¡Noooooo…! me aplicó una nueva técnica de aclaración que trajo de Italia. ¿Qué te parece?

-¡Waoooo…! ¡Bella, amiga! Te felicito.

-Sí Zenaida, anda, háztelo cuando puedas, seguro que te hará algo muy fashion, además con el pelo que tienes, él quedará encantado. Dile que vas de parte mía para que te trate bien y te haga algo chévere. Después me llamas para contarme.

-Okey, Rita. Vamos a ver si nos ponemos de acuerdo y salimos
un día. ¿Sí?

-¡Claaaaro.....amiga!, a eso sólo hay que ponerle fecha.

 Media hora después y como cansadas de tanto hablar, Zenaida le dice a Rita:
-Bueno amiga vete a tu casa, que tu esposo se va enorgullecer de la esposa que tiene.

-¡Ay, amiga, qué linda eres! Estoy tan feliz por ti.

 Al despedirse, Zenaida va pensando:

"¡Qué cosa tan fea lo que le hicieron en ese pelo! ¡Pobrecita!, y la muy imbécil se cree que está bella. Además está burda de gorda.  No entiendo a su marido, ese idiota con lo bueno que está, sigue casado con ella. Ese le debe montar más cachos... ¡pobre estúpida!”

 Por su parte, Rita se aleja pensando:

 "Esa debe estar muriéndose de la envidia. ¡Qué hipócrita!, como sí no supiera que se la pasa “buceando” a mi marido cada vez que lo ve y todavía quiere hacerse lo mismo que yo en el pelo, pero no es posible con su pelo de escoba.
Será para que al marinovio le de un infarto cuando la vea. ¡Desgraciada!

De súbito, la voz lastimera  de un mendigo saca a Rita de sus pensamientos:

-¡Señora, por piedad!, deme algo. Mire que no he comido nada en tres días y me veo ya muy flaco.

-¡Ay señor, que envidia le tengo! ¡Ojalá tuviera yo esa fuerza de voluntad para así comprarme ropa de menor talla!-, exclamó Rita alejándose del pordiosero y sumergiéndose de nuevo en sus pensamientos.

Crónicas urbanas

Andrés Eloy Ravelo

Nota del autor: Los lugares, personajes y situaciones relatadas aquí, tienen un carácter hipotético. En ningún caso deben ser interpretadas, literalmente, como hechos de una realidad específica.

martes, 2 de noviembre de 2010

Pasión por una amiga


Me quedé con mi amiga Ana María al concluir su fiesta de cumpleaños. Le ayudé a recoger los platos sucios y desperdicios. Al finalizar esa labor, ella dice:

-¡Huy, es muy tarde!, será mejor que te quedes a dormir.

-¿Y dónde duermo?

-Conmigo en mi cama.

¡Uf!, mis piernas temblaron y me dije: “¡Por fin esta es mi noche!”. Al rato sospeché que, basado en mi condición de amigo “superespecial”,  su propuesta al parecer no tenía otras intenciones, por lo que con toda confianza, ella se queda en ropa íntima, mas yo aún así pienso: “Me quedaré en calzoncillos... pues sigo creyendo que esta es mi noche”. De un brinco me meto en su cama y doblo mis rodillas para disimular. Ella se acuesta también, me sonríe, se voltea dándome la espalda y dice: “Hasta mañana”. Insistí: “Vamos, no seas tímida, dime algo”.

-Okey, ¡duérmete!-, ¡y ella se durmió! Lleno de asombro murmuro para mis adentros: “Pero bueno, ¿esta mujer no reza ni nada?”

Estoy acostado con la mujer que más deseo y no me atrevo a moverme para no tocarle nada. En este momento soy el hombre más caliente del mundo. ¡Y qué larga se me hace la noche! De pronto me vienen a la cabeza un par de preguntas: “¿Rozarla con mi pierna, será de mal amigo? ¿Y si son sus glúteos los que me tocan? Ah, percibo su cuerpo como un templo, ¡pero esta noche no hay misa! Horas después, sólo me hago una pregunta: “¿Seré realmente idiota?”.

¡No puedo creer que estoy en la misma cama con ella y no vaya a pasar nada!
Pero confío que en cualquier momento, ella dará la vuelta y me dirá: “Ya has sufrido bastante, ahora… ¡hazme tuya!

¡Y mira que sufro!, porque tengo toda la sangre del cuerpo acumulada en un mismo sitio.  “Se han dado casos de hombres quienes han llegado a reventar”, me dijo antes un amigo en una situación similar.

La humillación no terminó allí. A las siete de la mañana suena el timbre de la puerta: “¡Ay, es José!”, exclamó Ana María. ¿José?, ¿pero no lo habías dejado?, le pregunté. “Ya te contaré, que ahora tengo prisa. Olvidé decirte que él iba traer a su perro, porque como nos vamos a Margarita, el perro contigo quedará bien cuidado. Esta es tu casa, quédate tranquilo. Para colmo, entra José y me dice: “¿Eres su amigo? Tienes mala cara, ¿has dormido bien?”. Se fueron y quedé con el perro.  Pensé: “Si para Ana María considerarme "su amigo", consiste en arruinar mi vida sexual, ¿qué hará con sus enemigos? Bien que seamos amigos, lo que no entiendo es por qué no podemos hacer el amor como amigos".

Crónicas urbanas

Andrés Eloy Ravelo

Nota del autor: Los lugares, personajes y situaciones relatadas aquí, tienen un carácter hipotético. En ningún caso deben ser interpretadas, literalmente, como hechos de una realidad específica.

jueves, 21 de octubre de 2010

Un simple despecho


Fue absurda la ida a ese automotel del sur de Maturín con dos mujeres ya maduras. Recordaba el rostro de una de las féminas, pero no su nombre. La otra era una completa desconocida, pues no recordaba su cara, mucho menos su nombre. Reconozco que las chicas provocaban unas ganas en mí, pero no me acordaba de qué.  En realidad sentí que muchas partes  de mi cuerpo me dolían y  el pedazo de músculo varonil que no me dolía, simplemente no funcionó, a pesar de la pastillita azul. Me vi desnudo ante ellas y comprobé que todos mis años quedaron arremolinados en mi abultado abdomen.

Y es que ayer mi ánimo rodó por el piso, cuando María Andreína simplemente me confesó que ya no me amaba, tirando así al olvido 26 años de matrimonio. ¡Si ella supiera que su recuerdo germina en mi corazón! Cuánto diera por despertar cada mañana y sentir de nuevo su aliento en mi cuello, el calor de sus labios carnosos en mis mejillas, el contacto de sus dedos en mi piel y esa intuición esperanzadora de vivir o morir de viejo postrado en su regazo.

Aun ensimismado, me arreglé algunos disminuidos mechones de pelo intentando tapar la calva, cuando una las mujeres me dijo: “Te ves espléndido”. Frente al espejo recapacité y me dije: “en la vida de un hombre hay tres etapas: la juventud, la madurez y el te ves espléndido”. Entonces opté por criticar a las nuevas generaciones, al creer que todo aquello que la Madre Naturaleza me había dado, el Padre Tiempo empezaba a quitármelo. Me consolé al pensar que, a mi edad, tenía muchas respuestas para la vida, aunque ya nadie me pregunta nada. También recordé que un día María Andreína, con voz tranquila, aconsejaba a su adolescente hermana de esta manera: “Debes fijarte muy bien a la hora de escoger marido. Ve a tu cuñado, sabe arreglar autos, lavadoras y cualquier aparato eléctrico”. Pensé que era un digno elogio para mí, hasta que agregó: “No te cases con un hombre así, porque nunca vas a tener nada nuevo”. Voltee hacia las chicas, las miré con desdén y de un jalón, bebí el whisky restante en la botella, para luego huir del lugar. En el camino, no aguanté las ganas e impulsado por el desamor, decidí llamar telefónicamente a María Andreína.  En el  teléfono de la casa, la voz displicente suya en la contestadora dijo: “Hola, probablemente me encuentro en casa, pero estoy evadiendo a una persona que no quiero volver a ver. Deja tu mensaje y si no te devuelvo la llamada... ¡eres tú!

Crónicas urbanas

Andrés Eloy Ravelo

Nota del autor: Los lugares, personajes y situaciones relatadas aquí, tienen un carácter hipotético. En ningún caso deben ser interpretadas, literalmente, como hechos de una realidad específica.

domingo, 10 de octubre de 2010

El cuerpo de Estefanía


Miré a Estefanía lanzar con furia su celular una vez haber hablado. La expresión de sus ojos semejaba la mirada de las estatuas perdiéndose en una vorágine de incertidumbre. En ese momento, le hubiera gustado sentir algo distinto a ese atosigante deber moral de rendirle cuentas a su esposo de su andar por esta vida. Y me vio con un dejo de angustia y de malicia. Porque minutos antes, ella disfrutó al máximo de nuestro momento de sexo desmedido, una vez que nos recluimos en un apartamento suyo dispuesto para el descanso de su agotadora campaña electoral, en la cual ella era la candidata con mayor opción a ganar un curul en la Asamblea Nacional.

Aun con el clímax en reposo y en cuestiones de segundos, repaso mentalmente todo lo que hice con ella en la cama y recuerdo  que el cuerpo de Estefanía es fuerte y elástico. Su sonrisa de entrada es una invitación a recorrerlo. Me fascina su vientre aplanado y sus muslos firmes. Desde la cima de sus rosados pezones, disfruté del paisaje que caracteriza su estructura corporal: valles, senderos, recovecos, playas, desiertos, selvas y volcán. Huele a vainilla y ese olor delata sus pasiones. Su cuerpo se clavó de tal forma en mi memoria, que no dejó espacio para olvidarlo.  Y es que me seduce su silueta de niña dicharachera, sin vergüenza de exhibir tanto sus victorias como sus derrotas.

Pero para ella Juan José, su esposo, estaba comportándose muy extraño. Aunque no me lo confesara, a Estefanía eso le irritaba. Como autómata, se paró de la cama y con su blanca desnudez, se internó en el pequeño baño de la habitación donde estábamos. Con sigilo, me acerqué a husmear y la sentí sollozar. “Hablé con Juan José”, me dijo precipitadamente mientras borraba cualquier vestigio de lágrimas en sus mejillas.

-¿Te llamó o lo llamaste?

-¡Me llamó, no seas pendejo! Fue una llamada normal -dijo esto último con una voz cargada de tal pureza, que parecía un piropo.

-Sus llamadas nunca son normales, pero, ¿cuál es el problema con la llamada de Juan José? ¿Te insulta, te amenaza?

-¡Qué va! Es incapaz de algo así.

-¿Piensas hablar de nuevo con él?, dije con algo de celos.

-Probablemente.  Mira, en verdad, no sé, o… sí, en cierta forma. De hecho sí.

-Estás muy metafísica.

-Ah, ya aprenderás a conocerme mejor cuando puedas ser un buen amante, dijo y me miró de tal forma, que estuve tentado a llevármela a la cama otra vez.

-¡Si estás pensando en sexo, olvídalo y te viste para que te vayas!”, me advirtió de improviso.

-Tranquila, mi candidata. Te comportas como si no te hubiera dado gusto lo que antes hicimos. Todavía hay suficiente café. Me quedaré un rato. Pero, dime, ¿qué te dijo tu marido para que te entristecieras y te molestaras a la vez?

-Nada.

-¿Nada y tienes como “frustrechera” encima?

-Es que…, el muy descarado desconoció las encuestas que me dan de primera en las preferencias del electorado. Decidió seguir con su candidatura hasta el final  y  que eso de la unidad era pura vaina inventada por mi comando de campaña para fregarlo a él.

-Umm…, no nos queda otra que negociar con él. En este momento, ¿puedes llamarlo a tu cama? Estefanía me miró de una manera extraña: “Hazme un favor: vete. Mejor: ¡lárgate!”, me gritó sin derecho a réplica.

Crónicas urbanas

Andrés Eloy Ravelo

Nota del autor: Los lugares, personajes y situaciones relatadas aquí, tienen un carácter hipotético. En ningún caso deben ser interpretadas, literalmente, como hechos de una realidad específica.

domingo, 3 de octubre de 2010

Una boda más


Estaba yo de traje negro y de espaldas ante el altar. Al frente las dos hileras de asientos repletas de cuantos invitados habían en la lista de boda elaborada por Mildred, la mejor amiga de la que hoy será, de nuevo, mi esposa. Esta noche me uno en matrimonio, por tercera vez, con la misma mujer tras dos divorcios anteriores con ella misma. Pero hoy es nuestro primer casamiento por la iglesia. Del primer divorcio sólo me quedó una desvencijada camioneta, unas fotografías con mis dos hijos, un juego de dominó y las chancletas que no se llevaron los ladrones cuando desvalijaron la casa meses antes. Del segundo divorcio, luego de un abrupto acuerdo “legal” propuesto por mis hijos, me quedó muy poco, además de la sensación en mi corazón de que nunca, ¡pero nunca!, volvería a tropezar con la misma piedra.

Y aquí estoy… ¡no sé qué hago en esta iglesia de Caripito Arriba! No fueron los “ruegos” de mis hijos ahora convertidos en adolescentes. Tampoco los consejos de Beltrán temiendo una vejez mía en la soledad. Pues, no tengo la más remota idea del porqué accedí a protagonizar un nuevo casamiento con Luzimar. ¡Ah..!, ¡cuánto ansiaba que ella desistiera del asunto y no profanara este bendito templo con su presencia! Pero… ella llegó. “Diga usted joven dama, si acepta por esposo a Eloy Hernández”, preguntó el sacerdote luego del protocolo de rigor.

Luzimar tomó su tiempo. “Ojalá se arrepintiera”, pensé y luego  entre los asistentes, escuché a mis espaldas un murmullo: “¿Por qué las mujeres siempre se quieren casar?” Una respuesta automática afloró a mi cerebro: “Porque para tener un choricito, tienen que cargar con el cerdo entero”.

“Sí, padre, quiero ser su esposa”, la afirmación de Luzimar me resultó lapidaria. Fue entonces cuando el pánico se apoderó de mí al momento del sacerdote hacerme la misma pregunta. Nervioso, voltee hacia los concurrentes a mi boda  y percibí un legado de ceños fruncidos, especialmente en los rostros de mis dos hijos. Mas allá estaba Zulay, con cara de incrédula y de no saber qué carrizo hacía yo allí, casándome con una mujer quien no era su amiga Milagros. Sentí la presión sobre mis hombros. Sentí ganas de correr y no pararme hasta llegar a Maturín…

“Sí, padre acepto”, dije con cierta resignación esperando un milagro de última hora.

Casarme de nuevo con Luzimar, no estaba en mis planes esta noche, pero la alegría de familiares y amigos asistentes me arrancó de mis pensamientos, para arroparnos por completo, obligándonos a salir del templo a la respectiva celebración. Ya afuera, entre gritos de “¡Vivan los novios!” y los baños de arroz precocido, se detiene bruscamente una limosina negra, de la cual sale Milagros en traje nupcial para increparme: “¡Eloy, qué hiciste! ¿Por qué no me esperaste?”.

-¿Acaso no leíste el mail que te envié hace dos días? Ah Milagros, ¡tú siempre dejando para leer después tus correos!

Crónicas urbanas

Andrés Eloy Ravelo

Nota del autor: Los lugares, personajes y situaciones relatadas aquí, tienen un carácter hipotético. En ningún caso deben ser interpretadas, literalmente, como hechos de una realidad específica.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Un día anormal


Este lunes de septiembre, intuí que sería el día más funesto de mi vida. Hoy empecé con una dieta para rebajar, en unas semanas, al menos diez kilos. Mi esposa me obligó a ello, por lo que fui con una médico nutricionista de ascendencia libanesa, quien me ordenó distribuir los alimentos de la siguiente forma: Lunes, sólo carnes (200 g.) con verduras y frutas. Martes, huevos sancochados con verduras y frutas. Miércoles, lácteos con puré, vegetales verdes y frutas. Jueves, verduras, que pueden servirse con queso desnatado. Viernes, pescado, acompañado de vegetales y frutas. Sábado, frutas, también comiéndolas con verduras de primero. Domingo, comer lo que apetezca, pero sólo verduras y frutas, ¡sin abusar!

“Y Dios dotó a la tierra con espinacas, coliflores, brócolis, y todo tipo de vegetales, para que el Hombre y la Mujer pudieran alimentarse y llevar una vida sana”, me pareció haber leído en el libro Génesis de la Biblia. Ah, pero… ¿quién dotó de puestos de comida chatarra a la calle del hambre y a la Libertador de Maturín con la ruta de las empanadas? ¡Dios mío!, ahora tendré que someterme a esa dieta estricta, pues mi esposa me amenazó con el divorcio, porque según, yo tenía 40 kilos de más con los cuáles… ¡no estaba legítimamente casada! 

-¡No te pongas esas camisas claras!, ¿no ves que los colores claros acentúan tu gordura?-, me dijo mi mujer antes de yo salir al centro de Maturín. Me vi la ropa y pensé: “¡Ah!, con razón en estos dos meses siento que he aumentado diez kilos.

Ya en el centro de Maturín y al tratar de cruzar la calle rumbo a una zapatería, un motorizado, frena ruidosamente a punto de atropellarme.

-¿No podía dar la vuelta con todo ese espacio que tenías en la calle?-, le grité.

-Sí, pero si doy la vuelta alrededor tuyo, se me acaba la gasolina. 

Entré luego a la zapatería para pasar casi tres horas probándome una veintena de zapatos que no calzaban del todo en mis anchos pies. Desilusionado, fui a parar a una panadería intentando tomarme un refresco, mas tuve temor de sentarme en las mesas, cuyas sillas parecían endebles para resistir mi peso corporal. Me fui de allí y al detenerme frente a la vidriera de una tienda de ropa, con la intención de comprar algo que me entrara, observé que una marca japonesa tenía como eslogan: “Sólo para cuerpos perfectos”. Un par de lágrimas intentaron emerger de mis ojos, pero… ¡macho no llora, y gordo mucho menos! Y así decidí volver a casa para seguir con la ingesta de verduras, vegetales y frutas.

Crónicas urbanas

Andrés Eloy Ravelo

Nota del autor: Los lugares, personajes y situaciones relatadas aquí, tienen un carácter hipotético. En ningún caso deben ser interpretadas, literalmente, como hechos de una realidad específica.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Misterio a medianoche


Luego de tres de horas de estarme paseando por Maturín, un par de malandros me dejaron abandonado a medianoche en la vía que conduce a Punta de Mata y se llevaron mi dinero y el taxi con el que me ganaba la vida. Al menos estaba ileso, pero con el pánico chorreándome por todo el cuerpo, pues la noche se presenta oscura y tenebrosa. Exhibo mi pulgar derecho para pedir cola, pero por desgracia ningún vehículo transita a esa hora en la carretera. Nervioso y desalentado, opto por caminar  de vuelta a casa bajo una pertinaz llovizna que amenaza con llegarme a los huesos.

Camino sin descanso y sorpresivamente, la lluvia arrecia de tal modo que apenas alcanzo a medio ver en la distancia. De repente y atónito, distingo en la oscuridad y a pocos metros, como un extraño automóvil con las luces apagadas se acerca lentamente y se detiene frente a mí. Dado mi penoso estado, subo sin dudarlo al vehículo y cierro la puerta con rapidez. Agradecido por el gesto humanitario, volteo mi cabeza hacia el asiento del chofer y pasmosamente, veo que nadie conduce.
Para mi mayor asombro, el vehículo arranca suave y pausadamente. Con dificulta intento ver la carretera y en ese momento recuerdo que más adelante hay una curva muy peligrosa, por lo que temo estrellarme contra alguna tubería de petróleo.

El ruido de la lluvia al caer y las ráfagas  de viento, dibujan un macabro escenario digno de una crónica como ésta. Me acuerdo entonces de rezar ante la angustiosa situación en la que me hallo, pero justo antes de llegar a la curva, aparece una mano huesuda y aceitosa por la ventana del chofer para mover el volante lentamente pero con firmeza. Paralizado del terror y sin aliento, medio cierro los ojos y me aferro con todas mis fuerzas a mis oraciones y también al asiento; inmóvil y muy asustado, veo como la mano entra y sale en cada curva del oscuro camino, mientras la lluvia cae con todas sus fuerzas.

Transcurren así los minutos más desesperantes de mi vida, pero en la primera oportunidad, me bajo horrorizado del vehículo medio detenido y echo a correr por la carretera hasta El Furrial.

Exhausto y todo empapado, entro en una venta de bebidas alcohólicas aún abierta a esas horas, para siquiera relatar a alguien lo acontecido. Pido una botella de ron y todavía temblando, cuento a los allí presentes la horrible experiencia por la que acababa de pasar. Se hace un silencio sepulcral ante el asombro de todos. Parece como si el terror invade sus cuerpos y los mantuviera estáticos mirándome fijamente. Ese estado de expectación en mis interlocutores se prolongó por al menos media hora, cuando al establecimiento entran dos hombres muy mojados. Uno de ellos me mira con suma indignación y en tono molesto le dice al otro:

-Mira Ramón, allí está ese vivo que subió muy fresco a nuestro vehículo averiado cuando lo veníamos empujando hasta acá.

Crónicas urbanas

Andrés Eloy Ravelo

Nota del autor: Los lugares, personajes y situaciones relatadas aquí, tienen un carácter hipotético. En ningún caso deben ser interpretadas literalmente como hechos de una realidad específica.